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	<title>escribir archivos - raphanook</title>
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	<description>Rapha Nook es una web de fotografía artística</description>
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	<title>escribir archivos - raphanook</title>
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		<title>Todos los días se acaba el mundo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rapha Nook]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 01 Sep 2023 17:40:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Textos]]></category>
		<category><![CDATA[vida]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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		<category><![CDATA[novela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>'Todos los días se acaba el mundo' es un texto personal inspirado en un artículo de Pérez-Reverte que lleva el nombre de «La tarde en la que acabó el mundo» y que solía usar de manera recurrente en mis clases para advertir a los alumnos del paso del tiempo y de la importancia de aprovecharlo.</p>
<p>La entrada <a href="https://raphanook.com/todos-los-dias-se-acaba-el-mundo/">Todos los días se acaba el mundo</a> se publicó primero en <a href="https://raphanook.com">raphanook</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Hay cuatro cosas seguras: que se envejece demasiado deprisa, que morirás, que el ser humano es un hijo de puta peligroso, que el cuerpo de una mujer es el lugar más hermoso de la Tierra y poco más. Lo otro es incertidumbre.<br />
—Arturo Pérez-Reverte.</p></blockquote>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo no nos dimos cuenta a pesar de que las luces declinaban. El horizonte vencido como un anciano se volvía irreversible oscuro y negro. Un sudor frío recorrió mi espalda y comencé a retorcerme en la ansiedad, en un dolor cada vez más agudo e intenso.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo ya no pudimos hacer nada. Estuvimos torpes con el corazón. Las ilusiones se quedaron sentadas en un par de butacas vacías de un teatro donde había acabado la función. De repente los focos ya estaban apagados, el telón había caído y no supimos decirnos adiós. En la entrada un cartel grande avisaba: cerrado por resignación.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo no la reconocimos. Maldita sea. Nos quedamos pensando que vendrían tardes mejores sin saber que ninguna quedaba. Esperé como un idiota con la única esperanza de la desesperación. Quitaron tu nombre del diccionario.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo todos los besos que me diste escocían como heridas en sal. Y Sabina cantaba en mi cabeza que <em>«los besos que más duelen son esos que no has dado»</em>. Ni los abrazos. Ni el roce de mis dedos paseando por las calles de tu cuerpo. Ni ver aquella boca entreabierta por la que cualquier guerra se habría desatado.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo desapareciste en una esquina. Y a aquellos labios que me besaron no se les escapó ningún «te quiero». Me fui de nuevo como un estúpido, confiado en que no dejaríamos de vernos. Confiado en que al último beso le seguirían otros. Pero no supimos reconocer al último. Ni siquiera yo, que empecé besándote como si nunca fuese a hacerlo más.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo me di cuenta de que el mundo no tenía importancia. Y el único refugio eras tú. El mundo eras tú. Y sin embargo también eras tierra hostil, otro mundo en guerra, libre, sin bandera, ni dueño ni hombre. Como Dafne convirtiéndose en árbol cuando Apolo trataba de alcanzarla.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo quería escapar como lo intenta sin éxito un preso de la soledad. Romper los grilletes y saltar la valla. Aquella vez nuestras miradas no se anudaron cuando tus ojos se clavaron en los míos. Estábamos juntos pero tan distantes como ahora.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo te convertiste en un renglón que empezaba como éste. Y como éste continuó. Como si fuera el eco que languidece repitiéndose en el tiempo hasta que la esperanza dejó paso a la aceptación y ésta al lacerante deseo de borrar tu huella indeleble.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo fuiste pasto de mi voraz melancolía. Alimento para las hojas de un libro por escribir. Una historia triste que se me queda pegada renunciando al olvido.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo… cuando pienso en ella tan solo te recuerdo. Y sólo me acuerdo de ti.</p>
<p>La tarde en la que se acabó el mundo todavía acude a mí todas las tardes.</p>
<p>Pero la tarde en la que se acabó el mundo ya era demasiado tarde y Sabina ahora cantaba ‘Como un explorador’.</p>
<p>Todos los días se acaba el mundo y no nos damos cuenta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La entrada <a href="https://raphanook.com/todos-los-dias-se-acaba-el-mundo/">Todos los días se acaba el mundo</a> se publicó primero en <a href="https://raphanook.com">raphanook</a>.</p>
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		<title>En la estación de los trenes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rapha Nook]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Aug 2023 18:46:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Textos]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[novela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Primera de la serie de entradas en las que doy (daba) rienda suelta a mi inventiva literaria. Se trata de pequeñas historias como ésta donde a través de diferentes inspiraciones (cine, novelas, etc.) recreo escenas que pueden resultar entretenidas. En este caso los hechos transcurren en una estación y recuerdo que las memorias de la fotógrafa Gisele Freund fue la llama que encendió la mecha.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div>
<p>Tenía la mirada perdida en mi boca cuando le hablaba. Aquello me incomodaba. Que observase constantemente mis labios mientras me afanaba en contar historias. Podía pensar que no le interesaban lo más mínimo, pero sabía que me escuchaba.</p>
<blockquote>
<figure id="attachment_131974" aria-describedby="caption-attachment-131974" style="width: 800px" class="wp-caption alignnone"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="wp-image-131974" src="https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Ava-Garner_web-300x218.jpg" alt="" width="800" height="581" srcset="https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Ava-Garner_web-300x218.jpg 300w, https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Ava-Garner_web-600x436.jpg 600w, https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Ava-Garner_web-768x558.jpg 768w, https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Ava-Garner_web-350x254.jpg 350w, https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Ava-Garner_web-uai-720x523.jpg 720w, https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Ava-Garner_web.jpg 847w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" /><figcaption id="caption-attachment-131974" class="wp-caption-text">Fotograma de Ava Gardner en la película de John Ford ‘Mogambo’, con Clark Gable y Grace Kelly. Magnífico papel de inteligencia femenina que tuvo su recompensa con la nominación a un Oscar a la mejor actriz.</figcaption></figure></blockquote>
<p>No había un tren en los andenes, la poca gente que caminaba por la estación lo hacía apretándose el abrigo para protegerse del frío. Berlín anochecía tan temprano como tarde se iba el invierno. Las calles pernoctaban oscuras y silenciosas como cuando no las ve nadie. A veces el silencio quedaba roto por voces seguidas de llantos que terminaban ahogándose en la indiferencia. Lo que sí se oía perfectamente era el rítmico taconeo de las botas de los SS husmeando igual que sabuesos. El hijo de puta de Wilhelm Frick. Era el 1 de diciembre del año treinta y tres de mil novecientos.</p>
</div>
<div>
<p>También yo tenía treinta y tres tacos, y ella las piernas cruzadas y un pitillo en la mano. De ésta le colgaban finas pulseras de oro que al apoyarla pendían en el asidero de la silla. Se sentaba delante de mí. A cierta distancia. La que yo dispuse. Había sobre la mesa que nos separaba un par de cafés, una cajetilla de tabaco y un cenicero con colillas aplastadas. Aquellos ojos verdes no supieron despegarse en toda la tarde.</p>
<p>—El encargo de ayer fue horrible… la agencia del otro día no me pagó… quizás tenga que vender de nuevo la Leica para abonar el alquiler…— Como si estuviese escuchando, seguía perorando mis parrafadas de problemas personales que a nadie debían importar. De repente dijo: —¿Sabes que captas la atención cuando hablas?—. Lo repitió dos o tres veces como si acabase de llegar a una conclusión, como si se percatase inesperadamente de lo que no había sabido darse cuenta antes. No era a mí a quien se lo decía, sólo pensaba en voz alta intentando convencerse a sí misma. Y lo hacía sin apartar aquella mirada pegajosa de mi boca. De cuando en cuando acercaba a la suya el vaso de café y añadía otro poco: —Engatusas, como se suele decir—. Estaba allí hablando conmigo, pero al mismo tiempo se encontraba ensimismada reflexionando en eso que acababa de encontrar. Posiblemente el motivo por el cual no había sabido rechazarme.</p>
<p>Al fin, soltó el cristal manchado de carmín sobre la mesa, y apoyada en su barbilla fijó sus ojos sobre los míos. Eran glaucos y vidriosos como pedazos de cristales gastados en la orilla de una playa. En ellos se reflejaban las luces de la estación, de las farolas del andén, y de la brasa a medio apagar de mi cigarrillo. Se quedó callada sin decir esta boca es mía, mientras me escondía en mis palabras intentando esquivar las suyas. El mundo estaba a punto de acabarse y nosotros aún pensábamos el uno en el otro de maneras distintas. Por un lado yo creía que la mantendría para toda la vida, por otro ella me amaba como sólo saben amar las mujeres; llorando por un hombre hasta que lo hacen por otro.</p>
<p>La ceniza de su pitillo caía al suelo abatida por pequeños golpecitos del pulgar contra el filtro. A veces lanzaba alguna boquilla que se escapaba volando desde cenicero hasta cuatro o cinco metros de la mesa; con la lumbre encendida centellando en el trayecto como una estrella fugaz que aterrizaría en el suelo para consumirse finalmente por el tiempo.</p>
<p>Y me volvió a decir, al fumarse el último de los canutos, que sabía captar la atención de una mujer cuando hablaba. Las palabras parecieron salir de su boca como quien escupe después de un mal trago; pensando, que maldita sea la hora en que me presenté en aquella terraza con esas cosas que le escribía: —No creo en el destino. Ni mucho menos que me guiñase dos veces la suerte. De modo que como la posibilidad de volver a cruzarme con usted es demasiado remota, por qué tentar más al azar y perder la partida. Quedemos en algún lugar con menos luz y más intimidad—.</p>
<p>La noche de la estación llevaba un vestido burdeos con zapatos negros y bolso a juego. Protegida por un abrigo de piel y unas medias a tono. Su estilo inconfundible despertaba el interés de todos los caballeros que se le cruzaban. Susan era de esa clase de mujeres que pese a su juventud aprendían rápido. Una mujer sólida que no tardaría mucho en comprender —como lo hacen todas— que a veces no siempre se gana, que también se pierde, y que ésas eran las reglas.</p>
<p>Por contra, yo seguía con mis rollos de la agencia y otras tonterías: —Pues creo que lo mejor sería fundar una cooperativa… puede que toda esta moda de fotoperiodistas termine por fin algún algún día… ojalá en España tengan suerte los republicanos—, cuando Susan ya tenía en la cabeza que un hombre que no se enamora es porque lo está. Y como contra eso no podía hacerse nada, lo mejor era brindar un último beso con los ojos abiertos y ver cómo se diluyen las figuras tras los cristales del vagón. Mientras el tren llegaba a su casa parando en cada estación, jamás volvería a preguntarse por qué no supe quedarme con ella.</p>
<p>Ahora sé que en aquel beso que nos dimos el sello de la despedida venía impreso. Pero fui incapaz de leerlo en entonces, tan imbécil como siempre, como un hombre cuando tiene delante una mujer, una mujer como Susan.</p>
<p>Nota: publicado en <em>blogspot.com</em> en 28/06/2012.</p>
</div>
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		<title>1000 palabras</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Rapha Nook]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 25 Aug 2023 19:47:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[arte]]></category>
		<category><![CDATA[vida]]></category>
		<category><![CDATA[escribir]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las recomendaciones de Jack London para llegar a ser un buen escritor que bien podrían aplicarse de alguna manera a cualquiera práctica o disciplina. London fue uno de esos autores norteamericanos que tuvieron más vida que obra, sin que por ello significara que lo segundo fuera exiguo.</p>
<p>La entrada <a href="https://raphanook.com/1000-palabras/">1000 palabras</a> se publicó primero en <a href="https://raphanook.com">raphanook</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Jack London</strong> escribía al día mil palabras. No recordaba el dato. No sabía si eran mil, dos mil o tres mil. Hace tiempo leí la biografía de Jack London y en estos días ando reflexionando al respecto. Desde hace mucho que escribo. Tendría doce o trece años y ya me gustaba escribir. Es curioso cómo recuerdo las clases de lengua en las que nos obligaban a construir descripciones, poesía, ensayos y otros tipos de texto. Empecé, ya lo he dicho otras veces, con el género epistolar; textos que llamábamos ensayos y que terminaron convirtiéndose en cartas de amor entre una rubia que nunca tuve y yo. Le mandaba dentro de un sobre cerrado, folios mecanografiados, con comentarios cargados de crítica y de faltas de ortografía. Todavía los guardo. Es lo único que me quedó de ella. Por eso ahora les digo a mis alumnos que yo escribo por prescripción médica, y citando otra vez a <strong>Juan José Millás</strong>, escribir cauteriza las heridas. Alivia el espíritu a veces.</p>
<p>Pero vayamos al meollo. Estaba recordando al embriagado de Jack sobre eso de escribir mil palabras al día. Me lo estoy planteando seriamente. Jack London, quien dijo —por otra parte— prefiero vivir a escribir. Este californiano hizo de todo, y como <strong>Capa</strong>, supo exprimir al máximo la vida, se la bebió de un trago y luego se murió. Por el camino —que es la vida— viajó por mares y océanos, se peleó con cien hombres y conquistó a tantas mujeres; fue político durante algún tiempo, se convirtió en corresponsal de algunas guerras como la ruso-japonesa de 1905. Pero, a pesar de todo, escribió. Y no porque tuviese especial talento, sino porque se impuso una dura disciplina para alcanzar dicha meta. Ahora, cuando hojeo su biografía deteniéndome en las páginas dobladas que voy marcando como acostumbro con mi lectura. Esa biografía que le dedicó <strong>Alex Kershaw</strong>, tan adicto al estudio de vividores de esta calaña como London o el propio Capa —no en vano también es autor de <em>Sangre y champán</em>, una obra sobre la vida del fotógrafo húngaro—, rebosa de citas y frases célebres, pero me gustaría transcribir aquí una sobre el trabajo de la cual considero sacarán buen provecho los alumnos que aún me quedan en el blog.</p>
<blockquote>
<figure id="attachment_131808" aria-describedby="caption-attachment-131808" style="width: 800px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" class="wp-image-131808" src="https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Jack-London-con-maquina-de-escribir-300x191.png" alt="" width="800" height="510" srcset="https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Jack-London-con-maquina-de-escribir-300x191.png 300w, https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Jack-London-con-maquina-de-escribir-600x382.png 600w, https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Jack-London-con-maquina-de-escribir-350x223.png 350w, https://raphanook.com/wp-content/uploads/2023/08/Jack-London-con-maquina-de-escribir.png 744w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" /><figcaption id="caption-attachment-131808" class="wp-caption-text">Jack London redactando uno de sus textos a su ayudante.</figcaption></figure></blockquote>
<p>En 1903 Jack detalló en un artículo de <em>The Editor</em> los secretos de su éxito. Decía así:</p>
<p>«No dejes tu trabajo para escribir a no ser que no tengas a nadie que dependa de ti. De todas las clases de obras, la ficción es la mejor pagada y, cuando es de calidad, se vende con mayor facilidad. Un buen chiste se vende más rápido que un buen poema y, teniendo en cuenta que has invertido sangre, sudor y lágrimas, está mejor pagado. Evita los finales tristes, lo duro, lo brutal, lo trágico, lo horrible si quieres ver tus escritos en la imprenta (en este sentido haz como digo yo y no como yo hago). El humor es lo más difícil de escribir, lo más fácil de vender y lo mejor pagado. Hay muy pocos que puedan hacerlo. Si tú puedes, hazlo con todas tus fuerzas. Será tu mina de oro. Fíjate en Mark Twain, por ejemplo.</p>
<p>No escribas demasiado. Concentra tus energías en una sola historia en vez de dispersarlas en varias. No te cuelgues esperando que te venga la inspiración, ve a por ella, a cazarla con un palo y si no la encuentras habrás, sin embargo, conseguido algo increíblemente parecido. Ponte una tarea y fuérzate a hacerla cada día; tendrás más palabras a tu favor a final de año. Estudia los trucos de los escritores que han triunfado. Han dominado las herramientas con las que a ti empiezan a salirte los dientes. Ellos hacen cosas, y sus obras ponen en evidencia cómo se hace. No esperes hasta que te lo diga una persona de buena voluntad, descúbrelo por ti mismo.</p>
<p>Asegúrate de que tus poros están despejados y tu digestión es buena. Ésta es, estoy convencido, la regla más importante de todas. Lleva contigo un cuaderno. Viaja y duerme con él, plasmando en él cada pensamiento suelto que se te ocurra. El papel barato no es tan perecedero como la materia gris, lo escrito por el lápiz dura más que la memoria. Y trabaja. Escríbelo en letra mayúscula: TRABAJA. TRABAJA constantemente. Indaga sobre la tierra, el universo, la fuerza y la materia y sobre el espíritu que surge a través de la fuerza y la materia, desde el gusano más pequeño hasta la divinidad. Quiero decir que hay que TRABAJAR para hallar una filosofía de vida. No importa si te equivocas de filosofía, con tal de que tengas una y de que te aferres a ella. Las tres cosas más grandes son la BUENA SALUD, el TRABAJO y una FILOSOFÍA DE VIDA. A estas podría añadir, no, he de añadir, una cuarta: la SINCERIDAD. Sin ella, las otras tres no tienen sentido. Con ella puedes alcanzar la grandeza y ocupar un lugar entre los gigantes.»</p>
<p>[Las mayúsculas no son mías.]</p>
<p>Getting into Print, 1903.</p>
<p>Siempre andamos buscándole el sentido a la vida. Nunca estamos seguros de lo que queremos. Caminamos como dice <strong>Sabina</strong> que lo hacemos, o sea; <em>como siguen las cosas que no tienen sentido</em>. Así que me llamó mucho la atención la actitud de Jack London sobre su deseo de publicar, y sobre todo, la disciplina, empeño y ahínco que imprimió a su carrera como escritor. De momento, de él sólo he leído esta biografía y <em>Colmillo blanco </em>hace ya varios años. Me resultó muy entretenida y me atrapó desde el comienzo, cuando el protagonista se queda solo observado por los lobos en la oscuridad de la noche. A <strong>Pérez-Reverte</strong> le pregunté vía twitter por alguna obra suya y me recomendó <em>Talón de Hierro</em>, sobre la lucha obrera. Algún día caerá, por supuesto.</p>
<p>La biografía podéis encontrarla en <em>Jack London, un soñador americano </em>de Alex Kershaw (BIBLIOTECA CAPITÁN NEMO).</p>
<p>Me faltan diez palabras para llegar a las mil. Ya.</p>
<p>La entrada <a href="https://raphanook.com/1000-palabras/">1000 palabras</a> se publicó primero en <a href="https://raphanook.com">raphanook</a>.</p>
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